Cinco escenas sobre el sufrimiento como prueba de valor
Psicoanálisis × Teoría de Juegos × Economía del Signaling
Por Oscar Rey de Castro, Psicoanalista — Miembro IPA
Nota clínica: Este ensayo es un análisis cultural e interdisciplinario. No constituye diagnóstico psicológico, prescripción ni tratamiento terapéutico.
El niño que resolvió el equilibrio de Nash
Cinco escenas sobre el sufrimiento como prueba de valor
Psicoanálisis × Teoría de juegos × Economía del signaling
Un niño termina su tarea en cuatro minutos y se va a jugar. El padre trabaja como director en una empresa y lo regaña.
Esa misma tarde, en la oficina, ese mismo padre se queja con un colega:
"Mis empleados sobreelaboran todo. No van al punto."
Al hijo le exige exactamente el tipo de conducta que en la oficina considera ineficiente. Y en la oficina valora exactamente el criterio que en casa castiga.
Una queja opera bajo lógica moral. La otra bajo lógica económica. Pero son la misma queja dicha al revés.
Tres disciplinas ayudan a entender por qué esa contradicción incomoda —y por qué suele pasar inadvertida.
La teoría de juegos dice que, en muchas situaciones estratégicas, la jugada óptima no es la de mayor esfuerzo. Es la del esfuerzo justo.
La economía del signaling dice que el padre no está pidiendo solamente resultados. Está pidiendo una señal visible de compromiso. Cuando no se puede medir algo importante de forma directa, el sufrimiento visible se vuelve moneda. El sudor como prueba.
El psicoanálisis dice que debajo de ambas lógicas hay algo más antiguo: una transmisión que no se sabe a sí misma. El padre no solo educa. Repite.
Mismo niño. Mismos cuatro minutos. Tres maneras de mirar lo que ocurre cuando un adulto confunde eficiencia con falta de valor.
1. El equilibrio
Hay un campo del conocimiento que estudia exactamente este tipo de situaciones. Se llama teoría de juegos. Una idea interesante —y poco intuitiva— es que muchas veces la mejor estrategia no consiste en hacer todo lo posible, sino en enfocarse en lo que hace falta para conseguir el mejor resultado dentro de ciertas restricciones.
Un niño que termina correctamente una tarea en cuatro minutos y redirige su energía al juego está resolviendo, a su manera, un problema de optimización. Cumple con la demanda externa al menor costo posible y preserva energía para una actividad de mayor valor subjetivo.
En una sala de directorio eso se llamaría asignación eficiente de recursos. En un colegio suele llamarse falta de esfuerzo.
John Nash mostró que en ciertas interacciones existe un punto de equilibrio en el que ningún jugador puede mejorar su resultado cambiando solo su propia estrategia. En la relación entre un niño y su colegio, ese equilibrio puede ser revelador.
Si el niño hace menos de lo necesario, recibe sanción. Si hace solo lo que tiene que hacer, logra el resultado esperado. Si hace mucho más, no siempre obtiene más. La nota tiene un techo. El reconocimiento extra casi siempre es poco. El tiempo invertido, en cambio, sí se pierde.
Desde esa lógica, el "mínimo" no es necesariamente una falla. Puede ser el punto exacto donde se cumple la demanda sin desperdiciar energía.
Pero aquí conviene hacer una distinción decisiva. No todo mínimo esfuerzo es eficiencia. A veces es evitación, ansiedad, apatía, oposición, dificultad atencional o una renuncia temprana al deseo de aprender. El punto no es romantizar el desgano. El punto es no confundir automáticamente eficiencia con defecto moral.
Hay tareas de cumplimiento y tareas de formación. En las primeras, pasarse puede no hacer falta. En las segundas, lo que parece exceso puede ser práctica, profundidad, dominio. Copiar una definición tres veces quizá no enseñe nada. Reescribir un argumento hasta pensarlo mejor sí puede formar una mente.
El niño que termina en cuatro minutos no está necesariamente siendo flojo. Puede estar resolviendo bien el juego que los adultos le pusieron delante.
El problema no es la estrategia del niño. El problema es que muchos adultos solo ven el valor cuando viene acompañado de dificultad.
"Se esfuerza mucho" se lee como bueno, aunque el resultado sea mediocre. "Lo hace rápido y se va a jugar" se lee como sospechoso, aunque el resultado sea correcto.
Hemos confundido sufrimiento con seriedad.
Pero el equilibrio solo muestra la mejor estrategia dentro de un juego. No explica por qué el juego estaba mal diseñado desde el inicio.
2. El sudor como señal cara
Michael Spence recibió el Nobel de Economía por sus contribuciones al análisis de mercados con información asimétrica. Una de sus ideas más influyentes fue el signaling: cuando las personas no pueden medir directamente lo que importa, buscan señales. Y para que una señal sea creíble, suele tener que costar algo.
El título universitario, en la lectura clásica de Spence, no necesariamente hace más productiva a una persona. Pero completarlo puede señalar que esa persona tiene ciertas capacidades: persistencia, tolerancia a la frustración, disciplina, adaptación institucional. La señal funciona porque cuesta. Si cualquiera pudiera obtenerla sin pagar ningún precio, dejaría de señalar.
El padre que mira a su hijo terminar la tarea en cuatro minutos no está leyendo solo el resultado. Está leyendo la ausencia de señal.
No hubo sudor. No hubo queja. No hubo "papá, ayúdame". No hubo escena de dificultad.
El padre interpreta la eficiencia como falta de prueba. Y la falta de prueba como falta de compromiso.
Esa manera de pensar gobierna buena parte de la vida adulta.
El consultor que se queda hasta las diez no necesariamente trabajó mejor. Pero mandó la señal. El empleado que responde correos un domingo por la noche no necesariamente fue más productivo. Pero estableció su tipo. El profesional que sobreelabora una presentación de veinte slides cuando bastaban cinco no siempre agrega valor. A veces solo está pagando el costo visible que la organización espera ver.
La cultura del hustle es signaling theory aplicada sin que nadie la nombre así: trabajar ochenta horas no porque sea necesario, sino porque la hora visible se ha convertido en una moneda de confianza.
El padre que regaña al niño eficiente y el jefe que premia la ineficiencia performativa no son personajes tan distintos. Los dos viven en sistemas donde el resultado no alcanza. También hace falta producir una prueba visible de entrega.
Así, el padre entrena al hijo en producir señales caras: tardar más, parecer más cansado, hacer visible la dificultad, demostrar que le costó.
Treinta años después, se sorprende de que ese hijo, convertido en empleado, sobreelabore todo.
Pero eso fue exactamente lo que aprendió.
Aprendió que hacer las cosas bien no basta. Hay que hacerlas de una forma que dé calma al que las ve.
3. La oscilación
El argumento no es "dejemos al niño hacer siempre lo mínimo". Eso sería tan simplista como la queja que intenta desmontar.
Lo interesante ocurre cuando el mismo niño cierra el cuaderno.
Mira a un niño en juego libre. No al que está inscrito en una actividad programada por adultos, con horarios, metas y rúbricas. Al que está en el piso con bloques, inventando una historia con muñecos, construyendo una ciudad con cajas, organizando personajes, negociando reglas, creando un mundo con borradores y clips.
Ese niño se está entregando con intensidad total. No porque alguien le exija esfuerzo. Porque la actividad lo convoca.
Pierde la noción del tiempo. Tolera frustraciones. Corrige errores. Empieza de nuevo. Inventa reglas. Las modifica. Las defiende. Las abandona cuando ya no sirven.
El mismo niño que "hace lo mínimo" en la tarea puede ser capaz de una inmersión absoluta en el juego. No le falta capacidad de esfuerzo. Su organismo distingue —con una precisión que muchos adultos hemos perdido— entre lo que merece entrega total y lo que merece eficiencia.
Donald Winnicott escribió en 1971 una frase que la psicología todavía no ha terminado de digerir: es en el juego, y solo en el juego, donde el niño o el adulto están en libertad de ser creadores y de usar la personalidad entera.
El juego no es descanso del trabajo real. Es el espacio donde el self se constituye. El niño que juega crea realidad, prueba límites, inventa reglas, las rompe, las repara. Descubre qué puede controlar y qué no. Experimenta versiones de sí mismo sin quedar fijado definitivamente a sus consecuencias.
El juego no es lo opuesto del esfuerzo. Es esfuerzo en estado libre.
Por eso resulta tan pobre tratarlo como premio.
"Termina la tarea y recién juegas."
La frase parece razonable, pero esconde una inversión problemática: convierte el juego en recompensa posterior al trabajo, cuando el juego es uno de los trabajos psíquicos más importantes de la infancia.
Thomas Ogden, al releer a Klein, propuso pensar la experiencia psíquica no como una secuencia de etapas que uno deja atrás, sino como una oscilación entre modos de organizar la realidad. La posición esquizo-paranoide fragmenta, categoriza, separa, protege. La posición depresiva integra, contextualiza, repara, sostiene ambivalencias.
Ninguna basta por sí sola. La mente viva oscila.
Podemos pensar el juego de manera análoga: no como una etapa que se abandona al crecer, sino como una posición psíquica a la que se entra y de la que se sale. Una posición donde se combinan inmersión y distancia, libertad y límite, invención y forma.
El niño que hace lo justo en una tarea de bajo valor subjetivo y luego se sumerge en un juego inventado no necesariamente está fallando. Puede estar oscilando bien.
Economía cuando la tarea no convoca. Inmersión cuando algo lo captura.
El adulto que perdió la capacidad de oscilar aplica una sola regla a todo:
"Esfuérzate más."
No distingue contextos. Y al no distinguir, le enseña al niño a dejar de distinguir también.
Pero la vida adulta no necesita esfuerzo constante. Necesita discernimiento: saber cuándo empujar y cuándo conservar; cuándo profundizar y cuándo cerrar; cuándo insistir y cuándo soltar.
Esa capacidad se forma precisamente en la oscilación que el adulto interrumpe.
Y hay algo más. Cuando un niño inventa un juego con otros, no está "perdiendo el tiempo". Tiene que imaginar qué quiere el otro, qué sabe, qué cree, qué puede tolerar. Tiene que regular impulsos, esperar turnos, modificar estrategias, sostener una ficción compartida.
Peter Fonagy llamó mentalización a la capacidad de comprender la conducta propia y ajena en términos de estados mentales: deseos, creencias, emociones, intenciones.
Esa capacidad no se aprende solo completando fichas. Se entrena en situaciones ambiguas, en escenas donde el niño debe leer al otro sin anularlo.
Cuando reducimos el juego para aumentar tareas de bajo valor subjetivo, empobrecemos justamente las capacidades que luego exigiremos como madurez: criterio, autonomía, creatividad, regulación, flexibilidad.
Queremos adultos con iniciativa, pero entrenamos niños para obedecer instrucciones.
Queremos adultos creativos, pero sospechamos del tiempo no programado.
Queremos adultos capaces de decidir, pero castigamos la eficiencia cuando no viene acompañada de una expresión visible de esfuerzo.
4. Lo que se transmite sin querer
Hay un circuito que se reproduce con una eficacia silenciosa.
El colegio le enseña al niño que el esfuerzo visible es virtud. El niño crece y se convierte en un adulto que no sabe calibrar su inversión de energía. Trabaja doce horas no siempre porque haga falta, sino porque necesita que se note. Su jefe se queja de su ineficiencia. Ese mismo adulto llega a casa y le exige a su hijo esfuerzo visible.
El ciclo empieza otra vez.
La señal cara que Spence describió para el mercado laboral se convierte, sin que nadie lo advierta, en lenguaje emocional de la crianza.
El padre no pide solo resultados. Pide una performance de sufrimiento que confirme que su hijo toma las cosas en serio.
Y cuando el niño resuelve rápido y se va a jugar, la ausencia de señal se lee como ausencia de valor.
Lo que se transmite no es solo una idea sobre el trabajo. Se transmite una posición subjetiva: la convicción de que el sufrimiento prueba valor.
Sándor Ferenczi, uno de los primeros psicoanalistas en estudiar sistemáticamente el trauma relacional en niños, describió en 1933 un mecanismo al que llamó identificación con el agresor. Cuando un niño se ve sometido a una presión que no puede elaborar ni enfrentar, puede terminar incorporando la lógica de quien lo presiona.
No solo obedece. Aprende a llamar amor a la invasión, enseñanza a la humillación, carácter al endurecimiento.
Décadas después, sentado frente a su propio hijo, puede repetir la misma violencia en versión pedagógica.
"Así es la vida."
"A mí también me exigieron y no me pasó nada."
"Después me lo vas a agradecer."
Pero sí pasó algo.
Lo que ocurre es que muchas veces aquello que se rompió fue confundido con madurez.
Clara Mucci ha mostrado cómo el trauma relacional temprano no se transmite solo como recuerdo, sino como modo de estar en el mundo. No se hereda simplemente una escena. Se hereda una posición: una forma de entender el vínculo, la exigencia, el cuerpo, el dolor, la autoridad.
Pero aquí hay una distinción fundamental.
No toda exigencia es trauma. No todo límite es agresión. No todo padre que pide esfuerzo está repitiendo una violencia.
Existe una diferencia entre enseñar ética de trabajo e identificarse con el agresor. Y la diferencia no siempre se ve desde afuera.
El padre que enseña ética de trabajo sostiene la ambivalencia. Exige, pero registra el costo. Pide, pero mira al niño. Sabe que para aprender hay que tolerar frustración, pero no convierte la frustración en culto.
Puede decir:
"Esto es difícil, y aun así vale la pena."
No disfruta el sometimiento del hijo. No necesita verlo sufrir para calmarse. Tolera el conflicto de exigir sin dejar de cuidar.
El padre identificado con el agresor ha perdido esa ambivalencia. No registra el costo porque registrarlo lo obligaría a recordar el suyo. Entonces lo niega. Lo llama preparación para la vida. Lo cubre de frases duras. A veces incluso lo presenta como amor.
Desde afuera, las dos escenas pueden parecer iguales: un adulto pidiendo esfuerzo.
Desde adentro, son opuestas.
En una, el niño internaliza criterio.
En la otra, internaliza sometimiento.
Y esa diferencia no la capta fácilmente un manual de crianza. La clínica, en cambio, vive de escuchar esas diferencias.
En la lógica del signaling, la diferencia podría formularse así: el padre que enseña ética de trabajo le enseña al hijo a producir valor. El padre identificado con el agresor le enseña a producir señales caras de valor: sudor, dificultad visible, agotamiento, demora.
Aunque detrás no haya nada real.
Treinta años después, la oficina está llena de adultos que ya no saben si están trabajando o actuando que trabajan.
5. El reino de los clips
Vuelvo al consultorio.
El padre que se quejó sigue sentado frente a mí. Quiere que le diga cómo arreglar a su hijo. Espera una técnica, una frase, una intervención.
Pero yo estoy mirando otra cosa.
Estoy escuchando la historia que ese padre carga sin saberlo. La voz de su propio padre. La profesora que lo avergonzó. El colegio que confundió obediencia con pensamiento. La empresa que lo premió por quedarse tarde aunque ya no estuviera produciendo nada. El sistema entero que le enseñó que el sudor es la prueba del valor.
En algún lugar, una niña terminó su hoja de ejercicios en cuatro minutos y pasó el resto de la hora construyendo un reino con borradores y clips.
Tal vez no está fallando.
Tal vez está haciendo lo que su organismo sabe hacer: cumplir la demanda, preservar el excedente e invertirlo donde todavía hay juego.
Pero esta noche su padre quizá la regañe por no esforzarse. Y ella aprenderá, lentamente, que la próxima vez debe tardar más. Aprenderá a parecer ocupada. Aprenderá a producir dificultad visible. Aprenderá que el reino de los clips no cuenta, porque no parece trabajo.
El padre sentado frente a mí seguirá preguntando cómo arreglar a su hijo.
La niña seguirá construyendo reinos — hasta que deje de hacerlo.
Y cuando deje de hacerlo, nadie va a notar lo que se perdió.
Ni siquiera ella.
Para profundizar
En The Crossover Project nos importa el rigor detrás de la mezcla.
Sobre el equilibrio que nadie ve
Nash, J. (1950). "Equilibrium Points in N-Person Games." Proceedings of the National Academy of Sciences, 36(1), 48-49.
Tres páginas que cambiaron la economía. La idea de que, en muchas situaciones estratégicas, hay un punto donde ningún jugador mejora moviéndose solo.
Sobre el sudor como señal
Spence, M. (1973). "Job Market Signaling." Quarterly Journal of Economics, 87(3), 355-374.
El paper que mostró que, en mercados con información asimétrica, lo que cuenta no es siempre la productividad directa, sino la señal costosa que permite inferirla.
Sobre el juego como trabajo serio
Winnicott, D. W. (1971). Realidad y juego.
El texto fundamental para pensar el juego no como descanso del trabajo, sino como espacio de constitución del self.
Sobre la oscilación entre posiciones
Ogden, T. H. (1988). "On the Dialectical Structure of Experience." Contemporary Psychoanalysis, 24(1), 17-45.
Una lectura de las posiciones kleinianas no como etapas superadas, sino como modos vivos entre los que oscilamos.
Sobre la mentalización
Fonagy, P., Gergely, G., Jurist, E. L., y Target, M. (2002). Affect Regulation, Mentalization, and the Development of the Self. Other Press.
La capacidad de comprender la conducta en términos de estados mentales — y por qué se entrena en el juego, no en la ficha.
Sobre la identificación con el agresor
Ferenczi, S. (1933). "Confusión de lenguas entre los adultos y el niño."
El texto donde Ferenczi muestra cómo el niño puede incorporar la lógica de quien lo invade.
Sobre la transmisión intergeneracional
Mucci, C. (2018). Borderline Bodies: Affect Regulation Therapy for Personality Disorders. W. W. Norton.
Una elaboración contemporánea sobre trauma relacional, cuerpo y transmisión entre generaciones.
¿Qué es The Crossover Project?
Este ensayo es parte de The Crossover Project, un espacio que toma la lógica del crossover y la aplica al pensamiento humano.
Hacemos entrar en la misma habitación ideas que normalmente no se hablan: psicoanálisis y teoría de juegos, economía y desarrollo infantil, clínica y cultura laboral.
No buscamos una síntesis cómoda ni una verdad única.
Buscamos fricción.
Porque a veces una sola disciplina entiende demasiado bien su propio idioma, pero demasiado poco el mundo que intenta explicar.
Cada colisión busca volver visible algo que una disciplina, por sí sola, no alcanza a mostrar.
No pretendemos resolver las contradicciones de la vida.
Aprendemos a sostenerlas.
