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Por qué el Mundial puede ser uno de los últimos rituales de conexión humana que nos quedan

By Oscar Rey de Castro, Psychoanalyst — IPA / SPP Member

Clinical note: What follows is a cultural and cross-disciplinary exercise. It is neither a clinical diagnosis nor a therapeutic prescription.

1. El parque

En un parque, en algún lugar del mundo, Mathew y su padre se acercan a Justin y su mamá. «¿Cambiamos?» Mat va pasando sus figuritas mientras que Justin encuentra algunas que le faltan. Justin hace lo propio y termina con Messi y con Mané. Mat termina contento: le faltaba una sola figurita, Vinicius, y como sólo le faltaba una, aceptó gustoso cambiar dos por una. Se dan la mano y luego de unas semanas se encuentran nuevamente en el parque. Esta vez, se saludan a lo lejos.

Sin duda, el evento de intercambio de figuritas promovido por la municipalidad es el motivo por el cual Mathew y Justin fueron al parque, pero tal vez no es el único motivo para estar ahí. El fenómeno de las figuras del álbum de fútbol no es tan diferente a lo que ocurría con las tarjetas de béisbol en Estados Unidos en los ochenta y noventa: los niños se juntaban en el recreo, en la tienda del barrio, en la puerta del estadio. En los Estados Unidos, esa costumbre tiene cada vez menos arraigo. Las tarjetas hoy se compran en livestreams de YouTube o se revenden en eBay. El objeto aún sobrevive, aunque la plaza ha desaparecido.

2. El chocolate

Hay países que clasifican al mundial cada cuatro años. Para ellos es casi una tradición estar ahí. En el año 2017, a propósito de la clasificación de Perú al mundial de 2018, luego de 36 años sin ir a uno, tuve la oportunidad de escribir un breve artículo en un periódico local que titulé ¿Por qué tanta felicidad? No me interesaba el fútbol solamente como deporte. Lo que me llamaba la atención era la intensidad del sentimiento. Un país poco acostumbrado a clasificar, pero profundamente fanático del fútbol, experimentaba una felicidad que parecía demasiada para lo que había ocurrido.

En ese artículo contaba la escena de una niña que recibía un chocolate de sus amigas. La niña estaba enferma. Su padre se comió ese chocolate en la mañana y lo devolvió esa misma tarde, pero la hija se molestó igual. ¿Por qué? Porque ese chocolate no era cualquier chocolate. En él estaba puesto el cariño de sus amigas. El padre repuso el objeto pero no pudo reponer lo que el objeto cargaba.

En ese momento sugerí que la clasificación al mundial cumplía una función parecida. Desde un lenguaje psicoanalítico, lo que ocurría era una proyección: el partido no era el objeto del sentimiento sino el vehículo de algo más. La selección cargaba identidad colectiva, pertenencia, la necesidad de sentirnos parte de algo más grande. Creería que grosso modo seguiría sosteniendo los aspectos principales de ese artículo. Sin embargo, hoy creo que mi pregunta podría haber sido más amplia. ¿Por qué la experiencia frente a este tipo de fenómenos deportivos — un mundial, el fútbol americano, unas olimpiadas — genera sentimientos tan intensos?

3. Lo que el bebé ya sabía

Casi todos hemos llevado en nuestra vida algún curso de psicología. En él hemos estudiado procesos cognitivos y sin lugar a dudas hemos estudiado la atención. Hay un concepto que suena simple: atención conjunta. No se necesita haber estudiado psicología para entender de qué se trata: cuando dos personas miran lo mismo y, esto es lo importante, ambas saben que la otra también lo está mirando.

Menciono esto porque aunque parece simple, este concepto es bastante más profundo de lo que parece. Se da desde el inicio de la vida: son esos momentos de encuentro donde la madre mira a su bebé y el bebé se encuentra con la mirada de la madre. En ese gesto el bebé, poco a poco, va descubriendo su propio self a partir de cómo lo mira el otro. No es solo ver lo mismo. Es saber que alguien te está viendo mientras tú ves. La cadena de esos encuentros genera la capacidad de estar junto al otro, de estar «con» el otro, no simplemente al lado. Este aspecto es central. La atención conjunta falla en diversas circunstancias. Generalmente está subdesarrollada en trastornos del espectro autista, lo cual nos dice algo sobre lo fundamental que es para la vida social.

Cuando una nación clasifica a una instancia deportiva importante, cuando 80,000 personas celebran un gol, cuando celebramos un mate de Wembanyama o un gol de Messi, por unos segundos vivimos un momento de atención conjunta colectiva. Conectamos. Es el gesto del bebé y la madre, pero en versión adulta y a gran escala.

Creo que esto es lo que hace que un touchdown o un gol nos importen tanto. No creo que sea solo lo que pasa en la cancha. Es lo que nos pasa a nosotros mientras miramos la cancha.

4. El cerro de arena, la plaza y Zeus

Dos hermanos de 8 y 10 años. Se pelean por todo, como suelen hacer los hermanos. Un día su papá los lleva a la playa y les dice para hacer un cerro de arena con las manos que sea del tamaño del hermano mayor. Por un momento sienten flojera, pero la idea de hacer un cerro tan grande los termina ilusionando. Al comienzo y como siempre, empiezan a pelear. Pero sabiamente el papá promueve la distribución de roles, el intercambio del proceso de traer agua para endurecer el cerro mientras el otro moldea. Luego de más de una hora construyendo, con algunos descansos para meterse los tres al mar, logran un cerro realmente grande. En esta escena, la agresión no desaparece pero se transforma. Al llegar a casa los niños retoman las peleas, pero por un momento hicieron una pausa donde la función paterna reguló y permitió que la energía de los chicos se canalizara en algo compartido.

Una madre proveniente de una ciudad desértica se muda a una ciudad junto a su familia con mucha vegetación. Me comenta que las plazas — los playgrounds — ayudaron a que sus hijos y ella se integraran a la nueva ciudad. El hijo empezó a jugar a la pelota con un niño cualquiera. Las madres se saludaron y poco a poco hijos y padres se hicieron amigos. Se formó un sentido de barrio, de pertenencia al parque. El espacio cumple un rol simbólico de punto de encuentro. No hace falta ser urbanista para intuir algo básico: una plaza no es solo un espacio vacío con bancas. Es una tecnología social. Y apostaría a que la inversión en este tipo de infraestructura está asociada a indicadores de salud mental como el estrés o el bienestar subjetivo.

Los antiguos griegos hacían algo parecido, pero en una escala un tanto más grande. Las polis griegas, como ciudades hermanas, vivían constantemente en guerra. Atenas contra Esparta por ejemplo… Pero cada cuatro años, intercedidos por el respeto y el honor a Zeus, declaraban una tregua. Se luchaba, pero no a muerte. Así empezaron las primeras competencias deportivas: un espacio intermedio entre realidad y fantasía. Desde el psicoanálisis, Donald Winnicott lo llamaría un fenómeno transicional y en líneas generales el concepto describe eso: una zona donde uno puede comprometerse emocionalmente, competir, ganar o perder, sin que la identidad dependa del resultado. Un espacio donde algo importa mucho, pero no tanto como para destruirnos.

Un cerro de arena, una plaza, las olimpiadas en su versión más antigua. En todos estos escenarios se construye un espacio donde la rivalidad y la competencia se juegan, pero no se destruye el vínculo. Un espacio en donde la pertenencia no implica la desaparición del otro.

Creo que el Mundial de fútbol es la versión contemporánea de esta estructura, o es de lo más parecido a ello.

5. Mamíferos con audífonos

A pesar de que la tendencia cultural es que valoremos nuestra individualidad — y es un logro tener derechos individuales — no podemos negar que somos mamíferos. Reconocer que somos seres sociales no nos convierte en comunistas. Nos convierte, apenas, en mamíferos. Producimos vasopresina cuando luchamos juntos: cuando tu amigo te acompaña a hablarle en el bar a la chica que te gustó, cuando tú y tu compañero de colegio ganaron la final de fútbol americano con un touchdown en el último minuto. Al mismo tiempo, producimos oxitocina cuando experimentamos intimidad: en una conversación profunda, en la lactancia, en un orgasmo. No es poesía. Es nuestra corporalidad.

En gran parte del mundo anglosajón y por varias décadas, las políticas de crianza fueron dominadas por la psicología conductual y luego por la psicología cognitiva. En la primera se pensaba, por ejemplo, que cargar a un niño reforzaba que hiciera pataletas. Aún es triste que haya padres que crean que esto es lo correcto como medida por default frente al llanto de un niño. El modelo cognitivo suponía que el ser humano, más que un mamífero, funcionaba como si fuera una computadora, programada por múltiples diagramas de flujo. Ambos modelos están alineados con que el individuo es la unidad de análisis y ambos modelos dan poca relevancia — y en ocasiones negaron — la importancia de la conexión, por ser un elemento demasiado subjetivo como objeto de estudio. El problema es que la necesidad de conexión es como el hambre o la sed: Es una necesidad que no podemos negar.

Y el logro de nuestra individualidad trae consigo algo no deseado: los espacios de regulación social, los momentos de encuentro, están en deterioro. Los recreos se restringen en los colegios para evitar el bullying. Las figuritas de béisbol ya casi no se intercambian ni coleccionan en persona. No hablamos con la persona delante de nosotros en la cola. Estoy seguro de que si comparáramos cuántos minutos a la semana una persona miraba rostros humanos hace treinta años y cuántos minutos los mira hoy, el resultado nos asustaría.

Mi argumento no es que todo tiempo pasado fue mejor. Escuchar música en el auto en lugar de con audífonos no necesariamente era una experiencia de conexión. De repente era un padre que imponía su música de manera autoritaria a toda la familia. Sin embargo, esto no niega que los espacios donde la conexión es posible son cada vez menores. No sólo eso, sino que los espacios para la simultaneidad, para la atención conjunta, también ocupan cada vez menos espacio en nuestras interacciones sociales.

Los eventos deportivos como el Mundial son quizás uno de los últimos bastiones donde esta desincronización no ocurre. La simultaneidad se mantiene. Todos escuchamos, casi siempre, al mismo insoportable narrador. La versión demasiado personalizada de la experiencia deportiva casi siempre se siente aburrida. Hombres, mujeres y niños gritamos juntos, celebramos juntos y lloramos también juntos.

Esas lágrimas no son solo de felicidad. Son el síntoma de una necesidad con poco espacio para manifestarse.

6. El Grinch del fútbol

En algún mundial pasado, un paciente canceló una sesión por un partido que me pareció irrelevante. Aunque lo entendí, sentí que el Mundial, un poco como la Navidad, colonizaba nuestra vida por casi un mes. Si mi país hubiera estado participando, yo mismo habría querido ver el partido. Creo no ser «El Grinch» del fútbol. Pero no puedo negar que algo me fastidia cuando el fútbol, o cualquier fenómeno cultural, deja de ser una invitación y se convierte en una obligación o colonización emocional.

Así como un juguete puede usarse para jugar o para golpear a alguien, un deporte puede tener una función de conexión o colonizar un espacio. Generalmente no es tanto el deporte en sí sino el contexto que lo rodea: el merchandising, los comerciales y la presión visual o de consumir que esto nos genera. Pero veámoslo como un síntoma: si un minuto de publicidad vale tanto dinero en el Super Bowl, tal vez sea justamente por el potente poder de conexión que estos eventos producen. Las marcas lo saben: por condicionamiento clásico, asocian su producto a un evento que tiene un enorme potencial de generar sentimientos de pertenencia. No está mal que nos vendan (necesitamos comprar cosas) pero vale la pena no perder conciencia de que es básicamente eso: una asociación arbitraria. El riesgo es que terminemos creyendo que consumir el producto es lo mismo que vivir la conexión.

El fútbol y los deportes que generan pasión son así. Son espacios transicionales, son los cerros de arena que hacías con tus hermanos o tus padres, los momentos de conexión con tus mejores amigos, la plaza de tu barrio, la pertenencia y la camiseta.

Pero cuando este sistema se pervierte, aparecen los nacionalismos exagerados, el racismo, el uso político de las victorias deportivas. La misma atención conjunta que produce conexión puede usarse para que otros fenómenos pasen desapercibidos. El mismo mecanismo que une también puede cegar.

7. Lo que el Mundial revela

Mi país, nuevamente, no va a jugar este mundial. Lo vi cuando tenía cuatro años y lo vi en 2018. Y como suelen hacer los países que no son tan buenos para este deporte, ampliamos nuestra identidad: nos volvemos sudamericanos y competimos imaginariamente contra otras regiones del mundo.

El Mundial de 2026 será el más grande de la historia. Cuarenta y ocho equipos. Tres países sede. Ciento cuatro partidos. Será interesante ver si la atención conjunta sobrevive a esa escala, si el fenómeno transicional se preserva o se diluye cuando el objeto se agranda tanto.

En 2017, cuando escribí sobre la felicidad peruana, dije que la felicidad del fútbol tenía que ver con la posibilidad de compartir un sentimiento con otros, que eso se llamaba atención conjunta y era la base de la empatía humana. Lo puse en cuarto lugar en una lista de cinco ideas, como si fuera algo menor. No era un detalle, sino el motivo de un ensayo entero. Solo que en 2017 aún no lo sabía.

El feed te da lo que quieres. El ritual te da alguien con quien quererlo.

Este ensayo es parte de una serie sobre fenómenos culturales leídos como síntomas.

¿Quieres profundizar?

Sobre la atención conjunta y el desarrollo temprano:
Stern, D. (1985). The Interpersonal World of the Infant. Basic Books.
Por qué leerlo: Stern describe cómo el bebé construye su mundo a partir de los encuentros emocionales con la madre. La atención conjunta no es un concepto académico — es la arquitectura invisible de todo vínculo humano.

Sobre el espacio transicional y el juego:
Winnicott, D.W. (1971). Playing and Reality. Routledge.
Por qué leerlo: Winnicott explica por qué el juego no es trivial. El espacio transicional — esa zona que no es completamente real ni completamente fantasía — es donde ocurre la cultura, la creatividad y, en su mejor versión, el deporte.

Sobre la necesidad de conexión como necesidad biológica:
Cacioppo, J. & Patrick, W. (2008). Loneliness: Human Nature and the Need for Social Connection. W.W. Norton.
Por qué leerlo: Cacioppo demuestra que la soledad no es solo un sentimiento — es un estado fisiológico que altera el sistema inmunológico, el sueño y la expectativa de vida.

Sobre la proyección y la simbolización:
Klein, M. (1930). The Importance of Symbol-Formation in the Development of the Ego. International Journal of Psycho-Analysis, 11, 24-39.
Por qué leerlo: Klein explica cómo los objetos se cargan de significado emocional — por qué un chocolate no es solo un chocolate y una camiseta no es solo una camiseta.

Sobre la vasopresina, la oxitocina y la neurobiología del vínculo:
Carter, C.S. (2014). Oxytocin Pathways and the Evolution of Human Behavior. Annual Review of Psychology, 65, 17-39.

Sobre la efervescencia colectiva:
Durkheim, É. (1912). Las Formas Elementales de la Vida Religiosa.

Sobre la polaridad entre vínculo e individualidad:
Blatt, S.J. (2008). Polarities of Experience. APA.

Oscar Rey de Castro es psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica Internacional (IPA) y de la Sociedad Peruana de Psicoanálisis (SPP). The Crossover Project es su aventura editorial, donde el psicoanálisis colisiona con la cultura pop.

The Crossover Project es un esfuerzo intelectual independiente. Si este artículo cambió tu forma de pensar hoy, considera apoyar el proyecto.

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MEDICAL DISCLAIMER // NOTA CLÍNICA
El propósito de The Crossover Project es estrictamente la disección cultural e interdisciplinaria. Estos ensayos exploran la mecánica del comportamiento y la fenomenología pop a través del lente del psicoanálisis, pero no constituyen bajo ninguna aserción un diagnóstico, prescripción ni tratamiento terapéutico individual. La lectura de este archivo no sustituye el rigor del espacio clínico ni la consulta profesional directa.